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La primera noche de un extranejro en Madrid puede estar llena de sensaciones, más cuando se está sólo, sin ninguna fluencia en castellano y con pinta de turista.

 

Ese era su retrato en un agosto cualquiera. Calle Magadelena, 8. 5 piso izquierda. 3 minutos caminados hasta Plaza de Lavapiés. No conocía a nadie, salvo el señor del hostal. Ha salido para conocer la región. Encuentra una tienda de esas cuyo dueño es chino y se regala una cerveza. En un escenario un poco deprimente de una noche de aire espeso y con calles vacías, está riendo la gracia del desconocido.

Desconocerse.


La suciedad de la acera y el olor de las paredes se mezclan en su ropa, en su pelo y finalmente en la piel. Bebe una Mahou en lata, mientras se pierde en las ventanas de las construcciones. Se encanta cuando mira una placa azul diciendo "aquí vivió Pablo Picasso". Instantáneamente se acuerda del otro Pablo, que una vez dijo "La calle se llenó de tomates, mediodía, verano, la luz se parte en dos mitades de tomate, corre por las calles el jugo.". Y luego en una epifania, ve los tomates descendiendo la calle Ave Maria y llegando a los restaurantes hindus.